Cayó
en cascadas el amor
respirando
poemas.
Ardió
en un patio prohibido
rodeado
de lajas taciturnas.
Voló
las arenas de playas,
dónde
brujos y notarios
construían
palacios o celdas
con
las mismas palmas pulidas.
Se
exilió, por algún tiempo, en
Infiernos
con sellos de bautista.
Merodeó
los ojos de ese rostro
iluminándolo
con intermitencia,
y él también creyó que era luz.
Se
acunó en las pestañas anochecidas
de
la joven que lo soñaba.
Enhebró
pupilas negras como pozos
para
rezar cientos de rosarios.
Bebió
hasta saciarse, enloquecido,
en
el vórtice de la última inocencia.
Con
el soplo festivo de su risa
araño
el tesoro de un corazón
y
prometió eternidad.
Pero
no bastó…
De
todos modos el ángel gris
lo
hizo añicos.
Y
aulló en el amanecer
en el crepúsculo
en la noche
atravesado
por las espadas
del
hábito.
Y comenzó a correr por la tierra
esquivando las piedras,
los lobos,
los mendigos,
el tedio,
la tristeza,
la obsesión
y la muerte.
Acaso el amor sea un pájaro,
o en las lindes de la felicidad
se vuelva pájaro incierto,
acorralado,
que un día…
un buen día…
decide convertirse
en la inmutable arena del silencio
entre cigarrillos y cenizas.






